Hoy es el ultimo día de mis 55 años de vida
Perth,
10 de Enero del 2024
Hoy es mi último día de mi año de vida número 55.![]()
Este mismo día en la vida de mi mamá fue muy
diferente.
Ella se moría en el Hospital de Gastroenterología de la Ciudad de Buenos Aires después de una lucha desigual contra el cáncer de páncreas.
Su batalla había empezado unos seis meses antes. Pero sus tristezas eran de toda una vida.
Primero combatió completamente sola, hasta que ya no pudo hacerlo más.
Para fin del año 1995 ya estaba muy mal, piel y huesos, pero todavía sin un diagnóstico final.
Logramos ir a Paraguay a pasar las fiestas. Creo que todos entendieron que era una despedida. El más dolido era mi Abuelo Mario. No es fácil enterrar a los hijos y para esta altura de su vida ya había tenido que pasar por esto dos veces.
A la vuelta de ese viaje mi mamá seguía empeorando.
Los calmantes que le daban en el hospital parecían tener muchos efectos, pero no incluían calmar el dolor.
Así y todo, ella seguía con la vida, como podía.
En febrero de 1996 decidimos llevarla nuevamente de vacaciones, esta vez a Valeria del Mar, donde estaba esa casita de verano familiar que fue lugar de tantas alegrías, pero también de tantas broncas y tristezas.
Ella estaba en la habitación principal. Nosotros en las camas marineras que había en esa otra especie de habitación multitudinaria.
La escuchaba quejarse de dolor toda la noche, fumaba y se quejaba.
Durante esas “vacaciones” tuvimos que ir juntas a tratar de pedir un certificado médico de su condición al hospital de Pinamar. En mi trabajo en el ministerio, en esa época yo estaba en cortocircuito con mi ex jefe, que parecía estar buscando el momento para poder echarme.
Me había asignado a una dirección de trabajo nueva y mi nuevo jefe, cuando le plantee que necesitaba días en febrero para llevar a mi mamá a la costa me respondió que no podía darme de nuevo vacaciones. Yo tenía días de sobra, pero me dijo que si me daba de nuevo vacaciones otros compañeros podían empezar a pedirle lo mismo.
Yo no iba a Valeria del Mar para disfrutar de la arena sino para pasar un momento con mi mamá alejada de los ambientes tóxicos donde vivíamos.
Entonces mi jefe me sugirió que pidiera médico para cuidar a un familiar enfermo. Así lo hice, pero eso casi me costó mi trabajo. Mi ex jefe me mandó médico del ministerio, y como era de esperarse no me encontraron en mi domicilio, y con ello me iniciaron un sumario.
Estuve a punto de que me echaran.
La primera resolución del cuerpo médico del ministerio fue que no me justificaban los días de ausencia porque mi mamá no presentaba un cuadro de gravedad.
Fue muy irónica esta respuesta ya que llegó después de que ella falleciera.
Eso me enfureció tanto que amenace, a través de la gente del sindicato, a todo el cuerpo médico del ministerio. Les dije que, si con todos los estudios que había presentado, más la triste realidad de la muerte de mi vieja, no podían entender que la enfermedad de ella era mortal, entonces haría que le quitaran la matricula a todos por ineptos.
Al poco tiempo me llegó una nueva resolución del ministerio que decía que “por única vez” me justificaban los días de ausencia.
Todos estos documentos los tengo guardados, son parte de mi historia.
Mi mamá se murió, clínicamente hablando, por un cáncer de páncreas, el 27 de junio de 1996. El último día de sus 55 años.
Nosotros ya teníamos la posible fecha de su muerte desde marzo de 1996, cuando a Alejandro y a mí los médicos nos explicaron lo que pasaría con la operación a la que sería sometida.
Nos dijeron clarito: si tu mamá entra a quirófano y sale muy rápido es que le quedan 2 meses de vida. Si sale después de un buen rato entonces le queda más o menos un año.
Mi mamá entró y salió. No hubo nada que hacer.
Después de ese intento de operación todo se fue en picada rápidamente.
Su cuerpo ya no podía resistir nada más.
Era llevárnosla a casa y traerla de urgencia cada semana.
Mi vida pasó a estar en completa sintonía con los ritmos del hospital.
Dormí muchas noches en una reposera al lado de su cama, y alguna vez en alguna cama libre en lo que era la Terapia Intermedia.
El mundo de afuera parecía muy lejano, como si por un tiempo eso hubiera desaparecido.
Todo eran camillas de hospital, sueros colgando, guardapolvos médicos, enfermeras, etc, etc.
Yo me quedé y acompañé, pero me superó ampliamente en entrega, en cariño, en compasión, mi hermano Alejandro.
Es una persona luminosa que en estos casos especiales brilla intensamente. Sabe estar, consolar, ayudar, y justamente es eso todo lo que se necesita cuando se está pasando por un momento tan amargo.
Yo tenía 28 años, Ale 24 y Vanesa 18.
Mi mamá, a pesar de estar desahuciada, parecía que no quería dejarnos.
La noche del 26/06/96 nos juntamos Ale, Vanesa y yo y tuvimos una charla con ella, que a esta altura ya estaba con oxígeno, algo que nos costó conseguir en el hospital ya que todos la daban por muerta.
Mi mamá sólo nos miraba, nos escuchaba, no pudo decirnos nada.
Pero yo tomé la palabra y le dije que si ella quería podía irse. Que para nosotros había sido la mejor de las madres, que le agradecíamos todo, que nos había ayudado a convertirnos, a ser las personas que éramos, que estábamos muy orgullosos de ella, de todos los cambios que había hecho en los últimos meses, ya que se había animado a ser Ella, a reírse frente a lo que le imponía la vida, se había animado hasta a hacerle bromas a mi viejo, a tratarlo como no habíamos visto antes, con la superioridad y la sabiduría que suele traer la cercanía de la muerte.
Mi mamá no dijo nada.
Yo no quería estar cuando ella muriera.
Esa noche me fui a dormir al departamento que alquilaba en la calle Junín.
A la mañana Ale me avisó que había fallecido.
Era el 27/06/96, era el último día de sus 55 años, hacía frio y el cielo estaba más celeste y limpio que nunca.
Llegué al hospital y ya estaba dentro de un envase plástico.
No me hacía falta verla, había estado hablándole la noche anterior y acompañándola durante meses en esta última parte de su camino.
Sabía de sus dolores, incomodidades, de sus frustraciones, de sus miedos, sus tristezas, y sentí que todos descansábamos en paz.
Con Ale es como que soltamos un enorme peso, una carga que hacía meses nos tenía transitando por un universo paralelo.
Habíamos hecho lo que pudimos y nos sentíamos livianos, tranquilos.
En ese momento llegó mi papá.
Fue la única vez que fue al Hospital. Tenía que firmar algunos documentos, después de todo era el marido de la fallecida.
Hasta ese momento Ale y yo habíamos sido las caras visibles de la familia frente a doctores, enfermeras, gente de limpieza, etc, etc.
El velatorio fue a cajón cerrado, su cuerpo no soportaba ninguna mirada más.
Al día siguiente, el 28 de junio de 1996, cuando mi mamá hubiera cumplido sus 56, la cremamos en el cementerio de la Chacarita.
Como no queríamos tener que volver otro día a buscar las cenizas, pagamos un dinero extra y nos fuimos con las de quien sabe, en una cajita. Obvio que nos dijeron que eran las de mamá.
Las cenizas de mi mamá viajaron en bus hasta Asunción del Paraguay, después siguieron camino hacia Ermitaño, el campo de mi abuelo Mario, su papá, quien participó de esparcirlas allí.
Pusimos una placa de un Jesús Cristo dolorido, algo que nos dieron en el cementerio, en el árbol que mira el agua.
Desde ese entonces, hace casi 28 años, el alma de
mi mamá que es lo que seguro nosotros llevamos, descansa a orillas del estero.![]()
Y mañana yo cumpliré 56 años.



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