Mis vacaciones de la infancia
Maisons
Laffitte 2 de marzo del 2022
¡¡Qué lindas
eran las vacaciones cuando éramos chicos!! ¿Salían de vacaciones? ¿A dónde iban
ustedes? ¿A la montaña? ¿A la playa? O se quedaban en el barrio y se dedicaban
a jugar con sus amigos?
En mi caso,
durante unos cuantos años mi destino fue Valeria del Mar. No tengo los datos
exactos, pero creo que comencé a ir allá por 1974 y duraron hasta que cumplí 12
o 13 años.
No sé cómo mi
familia llegó ahí, pero era una tradición ir a pasar el mes de enero a Valeria
que en ese momento era un lugar virgen, donde había poca gente y la mayoría se
conocía, donde la vía láctea era un espectáculo cada noche y el olor a pino
perfumaba todo.
Nosotros íbamos
a un lugar que llamábamos “El Pozo”, propiedad de la familia, y lo llamábamos
así porque era un terreno de una inclinación pronunciada con respecto a la
calle, a dos cuadras de la costa.
Era un terreno
que, según tengo entendido, había sido un regalo de una las hermanas de mi
abuela a sus tres sobrinos, es decir a mi tío, mi tía y mi papá.
En El Pozo,
mientras yo fui, sólo había un baño, una despensa y una especie de patio
techado donde comíamos, pero para mí era el paraíso.
Alguien
organizaba el viaje, alguien pensaba en donde íbamos a dormir, alguien se
ocupaba de las compras para la comida y para los artículos de primera necesidad
y yo con mis hermanos y primos nos dedicábamos a disfrutar, a cansarnos de
estar dentro del mar, atrás de la rompiente, de correr, de divertirnos, de
vivir. Todos esos “alguien” eran los adultos de la familia y sobre todo mis tíos
y mis abuelos. ¡Qué paciencia y qué energía que tenían para hacerse cargo de
tantos chicos!
Un año nos
llevaba mi papá, al otro nos llevaba mi tío. Íbamos en la camioneta de la
familia, la chata. En general mis abuelos viajaban adelante, en la cabina, y
nosotros, los chicos que fuéramos, íbamos atrás con las medidas de seguridad
vigentes en esa época, es decir, ninguna.
Cuando nos
llevaba mi papá el viaje era un trago amargo. Él quería salir y llegar, casi
sin parar. Cuando nos llevaba mi tío era otra cosa, era la fiesta. A él le
gustaba parar, que comiéramos algo, estirar las piernas, jugar un rato y
seguir.
Mi Abuela
cargaba la camioneta con cajas repletas de cosas ricas como por ejemplo
mermeladas que ella hacía, verduras de su quinta, y otras tantas cosas que no
recuerdo.
Mi hermano y yo
nos llevábamos la ropa para un mes en una valija que nos preparaba mi mamá, que
me parecía enorme. La volví a ver de grande y me asombré de lo chiquita que
era.
Mi mamá no iba
con nosotros, puedo intuir por qué. En ese entonces no había forma de estar
comunicado como ahora así que mi mamá nos despedía y nos recibía después de un
mes sin haber sabido mucho de nosotros durante todo ese tiempo.
Igualmente, ese
mes era mágico, nos juntábamos con la familia de mi tía que venía de otra
provincia, con los tíos de mi papá que tenían su propio
chalet en Valeria, y siempre aparecían otros amigos o familiares de alguien.
Era el mes de la
reunión, era escuchar hablar en italiano, las risas, las bromas.
Éramos un
batallón, unos 15 como mínimo, dormíamos en carpas, a los chicos nos repartían
con los adultos.
¡Qué época de
felicidad! Mi abuela nos despertaba con matecitos dulces. Iba recorriendo las
carpas con su alegría.
Teníamos rutinas
que se respetaban a raja tabla. A la mañana se caminaba por la playa para que
la tía absorbiera yodo por su problema de tiroides. A la vuelta pasábamos por
el único almacén a comprar el pan, leche, manteca todo para el desayuno. En
aquella época no teníamos ni electricidad así que no se podían conservar las
cosas de un día para otro.
Qué ricos esos
desayunos con mermelada de ciruela, de higo con nuez, de quinotos. Había que
tener mucha energía para poder pasar esa mañana jugando con las olas hasta que
nos decían que teníamos que salir del agua porque ya había pasado mucho tiempo
y estábamos arrugados y azules
Después del
desayuno volvíamos a la playa caminando, subir el médano era todo un desafío
porque era inmenso. Recuerdo lo caliente que podía ponerse la arena y cuánto
teníamos que correr para llegar al agua. Las playas eran inmensas, anchísimas y
muchas veces el mar nos regalaba almejas, berberechos, cornalitos que después
se transformaban en algún almuerzo o cena.
Teníamos una
bomba de agua, de esas con manija, para llenar el tanque. Nos tocaba bombear
una cantidad determinada a cada uno, era una de las tareas. Un año mi papá, que
era muy ingenioso, fabricó un motor portátil que conectaba a la bomba y ya no
tuvimos que hacerlo más en forma manual. Llegaba el progreso¡!
En enero
festejábamos Reyes, mi cumpleaños y el de mi primo favorito. Siempre recibía
algún regalo y eran eventos que se celebraban.
Éramos una linda
familia, nos gustaba a la noche cantar al ritmo de la guitarra o del acordeón a
piano o la flauta. A mí me gustaba cantar los tangos Sur, Caminito, y otros que
me enseñaban en la escuela.
Yo no sabía ni
en qué día estaba, no sabía cuándo se acabaría ese mes de ensueño, disfrutaba a
fondo de todo lo que la vida me daba.
Cuando nos
decían que nos teníamos que volver, guardábamos nuestras cosas y nos volvíamos
a subir a la camioneta.
Llegar de vuelta
al barrio era reencontrarme con mi mamá y con mis amigos. En una de esas
vueltas conocí a mi hermana menor que nació el 19 de enero de 1978.
El sol acumulado
de un mes, en el que el protector solar no existía (o por lo menos yo no lo
conocía) hacia que sólo se destacaran mis dientes y lo blanco de mis ojos.
Esa época fue
hermosa, la recuerdo con mucho cariño. Si pudiera volver atrás ese sería uno de
los momentos que me gustaría revivir.
Un mes de
vacaciones en la playa, rodeada de esa familia tan vibrante, tan alegre, tan
mía.
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