La comodidad de la inercia.
Maisons-Laffitte
29 de Enero del 2022.
Pasó el tiempo y
todavía sigo sintiendo las consecuencias.
Ese malestar, incomodidad, el preguntarme para qué lo hice otra vez, por qué sigo insistiendo con rituales, con escenas que sé que no me dan la misma satisfacción de antes pero que, de alguna manera, me hacen sentir que sigo siendo yo, me hacen sentir que soy fiel a mi historia, me traen al presente imágenes del pasado, donde estaba rodeada de seres queridos que hoy ya no están, me hacen recordar momento de comunión con amigos, sonrisas, chistes, alegrías, de los que hoy sólo me queda la carcasa, en solitario, triste, sin sentido y encima doloroso.
Recuerdo a mi mamá diciéndole a una compañera de trabajo, que de casualidad estaba en casa cuando yo estaba en este proceso, ¡“mirá!, mi hija siempre lo hace así”.
Recuerdo cuando tenía
unos 20 años y este ritual era la compañía más que fundamental para sentir que me daba un gusto en un paisaje de tanta miseria, elegida por otros.
Pero esto empezó
hace mucho tiempo atrás, cuando no era yo la que ponía el plan en marcha, sino
que era mi Abuela Filomena. Ella tenía el mismo ritual, pero su objetivo
siempre era compartirlo y por eso nos visitaba uno por uno, a los que estábamos
cerca y nos invitaba a formar parte.
¡¡Que alegría!! ¡¡Qué
disfrute!! Porque que ese precioso momento llegara directamente a mis manos,
que el placer fuera instantáneo, el ruego de que no se terminara tan rápido,
pero la tranquilidad de saber que habría más, todo esto hacía de ese ritual un
momento mágico. Significaba apreciar la entrega, el ser tenido en cuenta, recibir
amor aceptando esa manera en la que cada uno puede darlo.
Mi mamá, cuando
yo era chica, también le buscó la vuelta para que me fuera más fácil aceptar la
ceremonia. Reemplazó algunas partes, que quizás fueran demasiado amargas para una
criatura, con otras más dulces. Eran diferentes pero lo básico del proceso, los
pilares, igual se respetaban. Esperábamos nuestro turno y disfrutábamos mientras
la experiencia duraba.
Hoy todo esto me
hace no contradecir esa inercia que me atrapa todas las mañanas, que me lleva a
repetir los mismos movimientos, la danza cuya música ya no escucho pero que no
puedo evitar.
Me veo, sentada,
con el teléfono y el Ipad, con mi muffin casero, todo hoy me trae lindos recuerdos,
pero no un lindo presente.
Hoy me planteé que tendría que dejarlo.
Quizás eso me resultaría titánico, pero no tanto como
dar el siguiente paso que es el que más me aterra, es elegir con qué reemplazar
lo imprescindible de cada mañana. Es pensar, decidir qué quiero, qué me hace
bien.
Porque dejarlo significa
ser infiel a mis momentos pasados, a mi historia, a la definición de mí misma,
aunque todo esto parezca exagerado para algunos.
Pero también
pienso (deseo) que el animarme a cambiar ahora, me permita volver a este rito más
adelante y disfrutarlo como antes.
Es respetarme, es
saber elegir pausas, es aceptar que algo que fue bueno no tiene por qué serlo
siempre, o simplemente el dejar de imponérmelo puede hacerlo renacer.
¿Cuántas otras
cosas lindas se han convertido en rituales huecos, dolorosos, insulsos, que no
me atrevo a cambiar?
Quizás empezando
por elegir dejarlo, soltarlo y buscarle un reemplazo que me de ese placer que
antes me daba, empiece a poner luz sobre otros aspectos que todavía permanecen
en la sombra.
¿Por algo hay
que empezar no?
Me voy a dar la
oportunidad de generarme una incomodidad que me obligue a volver a pensar en mí.
Creo que la decisión
está tomada y compartiéndola con ustedes me daré esa fuerza que necesito para
no flaquear.
Voy a dejar de
tomar mate todas las mañanas como vengo haciendo los últimos 20 años, casi en
forma ininterrumpida.
¿Y vos? ¿En qué
rituales huecos te ves atrapada? ¿Qué oportunidad te querés dar a partir de
hoy?
Cynthia
Comentarios
Publicar un comentario